Entonces perdí el conocimiento.

Un doloroso zumbido aturdía mi mente y no me dejaba escuchar con claridad los golpes metálicos procedentes del exterior, ni más tarde los arañazos que hacía la tierra al caer sobre el cajón de madera.

El tiempo pareció detenerse indefinidamente en aquella fosa sepulcral. En cierto modo era como si no quisiera regresar. Entonces, de repente, sentí un hormigueo en mi mejilla. Era la desagradable caricia de las larvas tratando de abrirse paso hasta mi boca, hasta mis órganos internos ya muertos.

Fue la náusea y el asco lo que instintivamente me hizo despertar. Retiré de un manotazo aquellos gusanos e intenté incorporarme. Pero ¡no podía! Las tablas de madera me impedían levantarme. Las examiné y golpeé, ansiosamente, intentando encontrar un punto por el que pudieran ceder… sin éxito.

- Estúpida – Me dije a mí misma – No tienes de qué preocuparte. ¿Recuerdas? Ya NO RESPIRAS-.

Y golpeé de nuevo la madera con violencia animal hasta que ésta cedió y abracé la tierra que rápida y pesadamente empezó a caer sobre mí, hasta que por fin conseguí abrirme paso y ascender a la superficie. 

Y ahí estaba ella, la luna de sangre, aguardándome, como si fuera una recién nacida con las uñas rotas y el pelo cubierto de cenizas y barro, regresada de entre los muertos.





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