No puedo borrar de mi memoria el recuerdo de aquel pobre hombre masacrado a puñaladas y servido como sacrificio a mi violento apetito…
Lo cierto es que siento asco y vergüenza de mí misma. Llevo noches escondida en el sótano del Club porque ni siquiera me atrevo a subir al apartamento. Sola, con la única compañía de las cucarachas y los mosquitos y unas pocas visitas de Vince ya de madrugada.
Él me alimenta. Dice que aún no estoy preparada para buscar mi propia comida.
Y yo sospecho que detrás de su extraño paternalismo se esconde también un ambiguo propósito. Al principio bebí de su vitae sin dudar, el instinto era más fuerte que yo misma.
