Digo escapar porque es como si hubiera sido una cárcel en la que estar confinada. Subí hasta la calle, ya de noche, para reabrir el Club.
Al entrar en él y encender la luz, me encontré todo en completo desorden: sillas y botellas tiradas por el suelo, cristales rotos por todas partes, manchas de sangre sobre la barra del bar, sobre la tarima de madera, salpicando las paredes... y un intenso olor como a amoniaco o a acre que lo impregnaba todo.
Atranqué la puerta por dentro y me quedé sentada unos minutos en un taburete, contemplando la escena en silencio.
