Y ayer, por fin escapé del sótano.

Digo escapar porque es como si hubiera sido una cárcel en la que estar confinada. Subí hasta la calle, ya de noche, para reabrir el Club.

Al entrar en él y encender la luz, me encontré todo en completo desorden: sillas y botellas tiradas por el suelo, cristales rotos por todas partes, manchas de sangre sobre la barra del bar, sobre la tarima de madera, salpicando las paredes... y un intenso olor como a amoniaco o a acre que lo impregnaba todo.
  
Atranqué la puerta por dentro y me quedé sentada unos minutos en un taburete, contemplando la escena en silencio. 

Después, con paciencia, empecé a poner orden y a limpiarlo todo.

Y entonces recordé que todo este tiempo había estado allí, esperándome, quién sabe...



... la vieja pistola S&W 9 mm que mi hermana y yo guardábamos junto a la caja.

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