Podía pasar las horas mirándola. Conocía de memoria cada una de las espirales, volutas y arabescos florales que componían su enrejado. Sus dos portones de hierro forjado, dispuestos simétricamente, rematados en afiladas puntas, se erguían a varios metros de altura. El muro de ladrillo que la enmarcaba, cubierto de yedra, era igualmente elevado y masivo.
La puerta debía permanecer cerrada,
la cerradura sin llave y el candado echado incluso a plena luz del día. Durante
la noche, por seguridad, se reforzaba con una traviesa también de hierro, algo
más tosca y despintada.
Ella la velaba, sentada en un
banco de piedra, desde el otro extremo de la cerca. A menudo se preguntaba a
dónde conduciría el camino embarrado que se extendía al otro lado de aquella puerta.
Sentía la necesidad de llevar su mirada más allá, a través de las rejas, de seguir
las marcas de rodamiento trazadas por los carros que discurrían en zigzag,
uniéndose, finalmente, en el horizonte.
