Anoche también volví a leer el manuscrito de Dude, sus viejas notas con su caligrafía casi ilegible y sus dibujos garabateados
con tinta roja.
Acariciar con mis dedos las páginas desgastadas de
su libro de iniciación me proporciona una breve sensación de paz al conectarme visualmente
con su mundo interior, con sus proyectos, sus ilusiones, su espíritu.
Acariciar el papel, sin embargo, es muy diferente a acariciar su pelo y leer en
voz alta sus notas no alcanza la intensidad de escuchar el eco de sus
palabras.
Aún así es todo lo que me queda de ella, mi joya más preciada.
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