Avanzamos por el camino que dibuja el ferrocarril bajo un cielo metálico sin estrellas.
Esta parte de la ciudad es desconocida para mí.
Al cabo de un rato oímos un tren acercarse a nuestras
espaldas. Nos echamos a un lado para evitar que nos arrolle.
Lo vemos pasar rápido ante nuestros ojos. La luz de su
interior ilumina por un instante las catenarias y los contenedores de basura a
nuestro alrededor. Por el suelo se mueven rápidas las ratas, agitadas por el temblor.
Siento como una de ellas pasa por encima de mis pies. Me muevo
instintivamente y grito.
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