Al caer la tarde, tres amigas se reúnen en el desván de la vieja mansión abandonada.

Eva trae consigo tres velones negros, Mary un cuenco grande con ceniza, Charlotte, bajo su brazo, un viejo chal. Un polvoriento y ajado chal robado en la que fuera la última residencia de la Señora Bisset.

Las niñas se sientan en el suelo y encienden las velas. Charlotte acerca el chal a la lumbre de una de ellas. Lentamente, la lánguida llama quema la tela que, algo mohosa, desprende su hedor rancio y penetrante por la estancia.

– Unas pocas cenizas bastarán- Comenta en voz baja, mientras extrae de su enmarañado pelo negro una horquilla de madera. Con ella desprende unas pocas hebras de la tela, aún candente, sobre el cuenco de cenizas.  Charlotte deja a un lado el chal, aún humeante, y pone sus manos sobre el cuenco. Remueve con paciencia la ceniza, mezclada ahora con los restos quemados del paño, mientras susurra.

La ceniza es derramada en el suelo, formando un círculo. Dentro del círculo, las tres niñas, sentadas sobre sus piernas, se miran entre ellas en silencio.

Mary extiende su mano. Charlotte vuelca la cera derretida de una de las velas sobre la palma de la mano de su amiga. Mary aguanta, pero siente cómo se cuartea el cerúmen sobre su piel irritada. Eva y Charlotte repiten el mismo ritual. Finalmente, con la última vela, Charlotte derrama su cera sobre sus propias manos.

Las niñas permanecen sentadas cogidas de las manos, mientras repiten en susurros: 

El tiempo parece detenerse. Tras unos instantes, Charlotte siente una presencia. Un rumor imperceptible de palabras entrecortadas.

Charlotte, con la mirada perdida, endereza su espalda. -¿Quién eres?- pregunta alzando la voz que se pierde sin eco en el interior de la estancia. Una corriente de aire fresco recorre luego el desván, acariciando el cabello de las niñas. El viento dispersa la ceniza derramada sobre el entarimado, y dibuja unas letras irregulares con ella:


I m  M A r Y  H EL p   M E

Charlotte frunce el ceño, confundida. -¿Mary, dices?- Interroga en voz alta -¿Por qué mientes? Tú no eres Mary. Mary está aquí sentada, es una de nosotras- Afirma de modo terminante y gira su cabeza buscando con la mirada la complicidad de su amiga.

Y entonces ve a Mary. observa su rostro transfigurado, cubierto de una efímera piel de cera cuarteada.   Pero el rostro que contempla ya no es el de su amiga. Este ha sufrido un profundo cambio. Bajo la quebrada cera se aprecian perfectamente definidas las duras facciones de la difunta Señora Bisset.

Y en ese instante, Eva y Charlotte comprenden…