La comitiva de soldados desciende con paso lento las montañas onduladas del noreste. La milicia se extiende por el terreno como una columna de hormigas sin orden ni formación, la retaguardia pierde el contacto visual con los que van delante. Los senderos son retorcidos y empedrados. Mantener el ritmo de la marcha supone un esfuerzo formidable. Pesan las piernas, las espaldas se encorvan, los pies se llagan. Heledd, en cambio, avanza firme. A la grupa de su corcel, su mirada se pierde más allá del mar de hierba que se ofrece a la vista. Su trote sincopado la acuna en sus recuerdos.
Es la misma cadencia que sintiera de niña, compartiendo montura con su joven hermano, Lynan. Cabalgando juntos a lomos de un potro de color blanco, ambos con sus largos cabellos negros ondeando al viento, recorriendo un camino próximo al Castillo de Caer Guricon, rodeado de hayedos.
Recuerda también la alegre bulla en el Patio del Castillo, jugando con sus tres hermanos, Lynan, Cynddylan y Cynwraith. Corriendo y celebrando pequeñas riñas infantiles. Las risas de Cynwraith, la mirada siempre cautelosa de Cynddylan y la firmeza atlética de Lynan. Y ese tropiezo con Lynan, y la caída al césped, y la pelea, y él agarrándola fuerte de las muñecas hasta inmovilizarla, y ella intentando morderle, y él, más audaz, tratando de besarla impulsivamente mientras ella forcejea sin cejar. Y sus otros dos hermanos observándoles.
Y el semblante de su madre, de aspecto pálido y menudo. Madre lóbrega de
naturaleza enfermiza, mujer piadosa y extranjera procedente del sur. Recuerda
sus últimos meses en Palacio, repudiada por su padre, mientras aquél prefería
la compañía más amena de la caza, menor o mayor, a capricho de sus
necesidades, mientras Madre, siempre abnegada, aguardaba su vuelta
entre las piedras del alcázar, reclinada en su diván en la Sala de la Dama,
bordando y rezando, siempre rodeada de símbolos religiosos y acompañada de sus
sombríos frailes y clérigos. Madre, extremadamente delgada, consumida por el
sudor y la asfixia.
Y su madre yacente en la capilla funeraria improvisada bajo la Torre Norte,
rodeada de velas y crespones negros, ya embalsamada. Y el físico de la
corte, arrodillado a sus pies, murmurando con horror, especulando sobre las inexplicables y desconocidas
causas de su enfermedad y muerte. Y del hallazgo de aquella carnosidad negra
como el agua del Pozo-Sello, extraída del interior de su pecho exánime.
Recuerdos de Padre, y de su breve luto tras la muerte de Madre. Su
desafecto y frialdad, la deshonra de su memoria, en definitiva. Recuerdos
también, tiempo después, de la audiencia ofrecida por Padre a ella y a sus tres
hermanos en el Salón del Reino. Padre, en silencio, mientras los
obispos hablaban. Los mismos obispos y clérigos que abrazaron a
Madre en sus últimos días, ahora sentados a ambos lados del Rey de Powys, escondidos
tras sus oscuros hábitos, astutos buitres carroñeros, siempre aduladores y
cobardes, comunicando y avalando con sus cartas canónicas la real decisión de
abolir el principio de Herencia Natural, entregando el título de Príncipe y
futuro Rey y depositando todas las heredades de la familia a Cynddylan, el
primer hijo varón. Nombrando a Lynan, a título honorífico, como Primer Escudo
de Powys. Qué mejor tarea para él, valeroso pero imprevisible príncipe, poco
amigo de las labores administrativas y del protocolo de la corte, que la
defensa del reino, ahora predio de su querido hermano. Y dejándola a ella, a
Heledd Ap Cyndrwyn, como mera infanta y Comandante de Guardia, apartándola
también del gobierno del Reino, por el mero hecho de ser mujer, como su Madre y
por ese único motivo, incapaz en teoría de asumir tareas de mayor
responsabilidad.
Pero ella no es Madre. No tiene su carácter apagado y sumiso. Ella no es la débil extranjera en su reino, entregada a cambio de dote y de olvidados pactos dinásticos. Heledd creció entre soldados y escuderos, tensando el arco, empuñando la espada y pisando y galopando la hierba de los campos esmeraldas de Powys. Ella, tan indomable y regia, tan similar físicamente a su padre, su mismo pelo negro y su mirada intensa. En verdad es Cynddylan y no ella quien se ajusta al retrato de Madre. ¡En verdad es ella y no Cynddylan, quien debería reinar a la muerte de Padre!.
