El traqueteo del vag贸n me daba somnolencia. Mon贸tonamente, el tren, a su paso, golpeaba las v铆as met谩licas y lanzaba sus latigazos brillantes sobre las catenarias. Anochec铆a. Hac铆a m谩s de media hora que estaba all铆 sentada, con la cabeza reclinada contra la ventanilla grafiteada junto a mi asiento. Las luces de la ciudad discurr铆an r谩pidamente ante mis ojos mientras que la luminaria apagada del interior apenas dibujaba la silueta y los rasgos de los pasajeros. Tristes desconocidos, silenciosos, mudos, ausentes.  

Me llev茅 las manos a los bolsillos de la chaqueta. Ten铆a los pies y las manos fr铆as y una sensaci贸n de vac铆o en el est贸mago. No recordaba ya la 煤ltima vez que tom茅 una comida decente. Mucho menos la 煤ltima vez que pude compartir mi cena con alguien.

Justo en frente de m铆 iba sentada una chica de unos 20 a帽os, escondida tras un m贸vil. Escrib铆a con los pulgares en la pantalla de pl谩stico. Era una de esas chicas nerviosas con las u帽as de los dedos reducidas a la ra铆z de tanto morderlas. De vez en cuando se deten铆a un instante para leer algo en el plasma, para despu茅s seguir escribiendo de forma compulsiva. Parec铆a inc贸moda. De alg煤n modo se sab铆a observada. Nos cruzamos fugazmente la mirada un par de veces durante el trayecto. En cada ocasi贸n, ella apart贸 los ojos.




El tren se aproximaba a una de las paradas importantes de su itinerario, un intercambiador de transportes a las afueras de la ciudad. Al entrar en el and茅n, el convoy comenz贸 a frenar y la chica guard贸 su m贸vil en la mochila con hebillas que ten铆a a sus pies. Tan pronto como el tren hubo detenido su marcha y abri贸 sus puertas, la chica del m贸vil se baj贸 de 茅l y ech贸 a caminar deprisa siguiendo los indicadores de salida. El ferrocarril hizo una larga pausa antes de reiniciar la marcha. As铆 que decid铆 bajarme all铆 tambi茅n. Casi sin pretenderlo empec茅 a perseguir a la muchacha por los pasillos abovedados de la estaci贸n.

La segu铆 en silencio por el t煤nel. No hab铆a ruido de pasos dentro de aquella b贸veda revestida con vinilos de colores. Todo estaba descuidado y sucio. El sistema de ventilaci贸n del aire parec铆a no funcionar, las c谩maras de seguridad tampoco. Me mantuve caminando a distancia de la chica hasta llegar a la zona m谩s amplia del vest铆bulo. De pronto, su cara se ilumin贸 y se abalanz贸 corriendo hacia un chico algo m谩s alto que ella que cargaba en brazos con un caniche. Ella se abraz贸 a 茅l. El la bes贸.



Respir茅 hondo. Pens茅 en lo afortunada que era en realidad al poder contar con aquel amigo que la esperaba de pie esa noche a las puertas de la estaci贸n. Alguien que cuidar铆a de ella, que tal vez la quer铆a, o al menos, alguien junto a quien podr铆a dormir hasta la ma帽ana siguiente. La muchacha cogi贸 el cachorro en sus brazos, que empezaba a agitar la cola con gran excitaci贸n, mientras el joven levantaba la mochila de hebillas y se la echaba a su espalda.