Cuando era niño tenía una colección de soldaditos de plástico que guardaba en una caja de cigarros. Jugaba con ellos durante horas, imaginando toda clase de formidables batallas. Un día, cuando ya debía tener unos 12 años, un amigo se burló de mí al preguntarme cómo podía seguir jugando a cosas de niños pequeños. Herido en mi amor propio, no le respondí. Cuando regresé a casa, tiré al cubo de la basura la caja de cigarros, con todos los soldaditos dentro. 

Recordé esta anécdota de mi infancia al leer el cuento de Ana María Matutes, El niño al que se le murió el amigo. Cuando acabé el relato, duro como un pan de posguerra, me sorprendió la semejanza con mi propia experiencia infantil. Aquel niño del texto de Matutes, que creció de forma súbita la noche en que salió a buscar a su amigo muerto, acabó tirando todos sus juguetes a un pozo, tras entender que su compañero de juegos nunca volvería. 

Me preguntaba cómo habría sido la vida adulta de aquel niño. Si aún conservaría el traje de hombre que su madre le compró tras pegar el estirón aquella noche. Cómo de gastado, desteñido o roto estaría y si habría podido ganar con los años el dinero suficiente para poder comprarse uno nuevo. Quería saber si era un hombre feliz. Si su madre le seguía esperando en la puerta, si ella aún evitaba llamarle por su nombre, o si, acaso, aún vivía. Y pensé qué bueno habría sido si aquel hombre con traje de hombre saliera, años después, a buscar. Pero esta vez no a su amigo de la niñez perdido en el limbo, sino a recuperar sus canicas y su pistola de hojalata, arrojadas al pozo. 

En esto reflexionaba cuando empecé a darme cuenta de que tal vez estaba evitando deliberadamente responderme a una pregunta. Si no debiera ser yo mismo quien saliera a recuperar la caja de soldaditos perdida de mi infancia. 

Al día siguiente acudí a una tienda de juguetes a comprar otra colección de soldaditos que reemplazara las bajas sufridas. Dediqué parte de la tarde a inspeccionar cada uno de los estantes del establecimiento. Cuando regresé a casa tenía los bolsillos llenos y la íntima satisfacción de haber reclutado un pequeño pero formidable ejército. 



Tal y como hacía cuando era crío, puse en formación los soldaditos sobre la mesa y me quedé contemplándolos en silencio, durante largo rato, a la espera de que aquellas miniaturas de plástico hablaran, se dispusieran al combate, abrieran fuego, iniciaran el flanqueo de las tropas del adversario. Pero no sucedió nada. Para mi desgracia aquellas figuras permanecieron todo el tiempo en su sitio, mudas, indiferentes, petrificadas. 

Me sentí estúpido. Había sido un ingenuo al creer que podía regresar al jardín de mi infancia y lamenté haberme gastado cerca de cincuenta euros en algo tan inútil. “Estos no son mis soldados”, me dije, lacónicamente, improvisando una excusa. Luego me quité mi traje de hombre, me lavé las manos y me fui a la cama.