Tras el entintado de sus gafas de sol, voltea la mirada a un lado y a otro de la calle. La visera de su gorra reglamentaria apenas deja entrever el ceño de su frente. Con ambas manos sujeta la ametralladora firmemente, la derecha sobre el gatillo, la izquierda sobre el cargador.

De tanto en tanto, adelanta un pie y alterna la pierna sobre la que descansa el peso del cuerpo. Su compañero, inexpresivo, también aguarda, sin decir palabra, tras el azul de su uniforme.

Algunos silencios son tan vigorosos que no precisan verbos ni adjetivos. Poseen la suficiente entidad para convocar un universo orbitando en torno suyo. Es el caso. Dos soldados uniformados, vigilando la calle, escoltando los dos leones de bronce.

Frente a ellos, al otro extremo de la plaza, un sistema acústico de señales: el zumbido de los coches al ralentí, las voces claras de niños jugando, el tintineo de copas en la terraza del bar, el taconeo de los peatones, el inofensivo rumor de la vida urbana…

Un duelo se disputa sobre el asfalto. Discutiendo, entre risas, dos adolescentes sobre sus tablas de skate. En la modorra de la siesta, bajo el sol primaveral, casi sin sombra, domina la calle el estrépito de ambos chicos corriendo, saltando, golpeando sus tablas repetidamente contra el pavimento, haciendo volar sus monturas sobre el mobiliario urbano. El más espigado de los dos intenta una y otra vez la acrobacia más difícil, el salto más inverosímil, sin suerte.

En una de tantas intentonas fallidas, el muchacho, ya cansado, termina perdiendo el equilibrio y cae al suelo. Poseída de vida propia, la tabla de skate rueda la plaza cuesta abajo, hasta acabar chocando contra los peldaños de la escalera de piedra de aquella casa que, según parece ser, es la de todos.

El muchacho se incorpora, camina despacio en dirección a su tabla, con la intención de recuperarla, bajo la inquisitiva mirada de los policías. Clava la mirada en el empedrado mientras cruza el arco imaginario dibujado por las ametralladoras. Apoya el pie sobre la tabla, volteándola sobre sí misma, antes de hacer palanca y elevarla del suelo para poder cogerla con sus manos.

Después, sin perder un instante, da la espalda a los guardias y desanda rápidamente sus pasos, sonriendo. Como sólo las nuevas generaciones saben hacerlo en las cálidas tardes de una primavera sin sombra.