El operario carga las placas metálicas para la impresión, la tinta negra y las manos de papel en la offset y activa de un click su ruidoso mecanismo. Los rodillos empiezan a voltear el papel satinado con su ritmo frenético.

Implacable, la máquina vomita una miríada de hojas de papel garabateado con ilegibles jeroglíficos.

Más tarde, otro operador, de pequeñas lentes y aires jacobinos, recogerá los pliegues impresos y los someterá a la cirujía brutal de la guillotina. Las hojas, ya desmembradas y huérfanas unas de otras, serán apiladas cuidadosamente, conforme al plan previamente establecido.

Más tarde, otro técnico inspecciona, con espíritu forense, la hilera de hojas pulcramente ordenadas antes de trasladarlas a la encuadernadora. Aparato que se encargará de montar, encolar y coser cada pieza. Kintsugi quirúrjico con el que la pila de papel es manipulada y finalmente empaquetada.

Semanas después, una fracción de esta resma de papel viajará hasta una librería. Allí, será catalogada, referenciada y depositada en un estante hasta que un joven la tome en sus manos, la lea y la deje convertida en un libro, que es para lo que sirve una resma de papel impreso después de tantas excitantes transformaciones.