Cincuenta y nueve minutos. Ese era el tiempo que Gabriel empleaba en recorrer el camino al trabajo.

Unos largos cincuenta y nueve minutos que, con frecuencia, excedían la hora, debido a los constantes y molestos retrasos del cercanías. El tiempo que tarda el minutero en dar la vuelta completa a la esfera, empleado en el mismo recorrido, de forma incesante, durante treinta años.

Como atrapado por una fuerza gravitatoria, anclado a un péndulo invisible, girando constantemente en torno al paisaje cotidiano de su ciudad. Y como las agujas horarias, dos veces al día, haciendo el mismo recorrido rutinario, de ida y de vuelta, de casa al trabajo, del trabajo a casa. Andando y desandando sus pasos, para andarlos de nuevo al siguiente día, ordenada, reiterada, metódicamente.

Príncipe Pío, Pirámides, Delicias, Méndez Alvaro. Las paradas del trayecto conformaban la escala inscrita en el bisel de su reloj. Atocha, Recoletos, Nuevos Ministerios, Chamartín. Cambio de hora y última estación en la que Gabriel se bajaba del tren en torno a las ocho y media de la mañana para seguir caminando y cruzar un par de manzanas antes de llegar a su oficina.

Este peregrinaje comenzó para él cuando todavía era un estudiante en periodo de prácticas. Después, ya convertido en un técnico graduado en recursos humanos, se convirtió en su periplo diario.

A menudo, por las tardes, de vuelta a casa, a Gabriel le perturbaba la idea de que el tiempo se hubiera quedado suspendido, de que fuera víctima de alguna maldición que le condenara a vagar por siempre, como las manecillas del reloj, dando vueltas en ese universo angosto, congelado, al ritmo del traqueteo del vagón, del vaivén del émbolo, perdida toda esperanza de romper la soga entre el hombre que sueña y el despierto.

Lo cierto es que el tiempo no se había detenido para él. Los años habían dejado cicatrices. La incipiente alopecia, las arrugas de la frente y alrededor de los ojos, además de un dolor ocasional en la rodilla derecha que en los días de lluvia se volvía más intenso, eran incómodos testigos de su propia madurez.

Y, sin embargo, a pesar de que el perfil urbano también había experimentado transformaciones con la construcción de nuevos edificios de vidrio y metal que se erguían brillantes, soberbios sobre el horizonte de hormigón, todo en torno al camino parecía monótonamente invariable. Como si nunca nada cambiara.



En todo esto iba pensando Gabriel, sentado en el minúsculo asiento de plástico, mientras ladeaba la cabeza y apoyaba el mentón contra el cristal empañado de la ventana, cuando una voz algo tímida le despertó de su ensoñamiento.

- Perdone, señor. ¿Está ocupada? – Preguntó un joven mientras indicaba el banco contiguo.

Aquella voz le resultó extrañamente familiar. Gabriel se recompuso en su asiento con rapidez y asintió con la cabeza, impostando una sonrisa.

Cuando el tipo, elegantemente vestido, se acomodó en el asiento, Gabriel sintió un escalofrío recorrer su espalda. Al mirarle más detenidamente, reconoció de inmediato el maletín de cuero con hebillas. Era su maletín, el mismo que usara durante años para llevar su almuerzo al trabajo, el mismo donde guardara los papeles que llevaba a su casa para hacer horas extras. Sus facciones eran sorprendentemente parecidas a las que él recordaba tener tiempo atrás, sin arrugas en la frente ni alrededor de los ojos y con pelo abundante, peinado con raya.  

Era su vivo retrato, treinta años mas joven.