Del entramado laber铆ntico de las calles, de entre las paredes panzudas de las casas, brotaba el caudal incesante, el ruidoso gent铆o, apretadas unas con otras las cabezas, fomando un tapiz puntillista en movimiento, atestando las v铆as, cubriendo con sus huellas el adoquinado, a paso lento, procesionario, compartiendo el aire denso y c谩lido de un verano anticipado, con aromas mezclados de bebidas fermentadas, de jab贸n de glicerina, de los aceites, los quesos, los sarmiertos, inciensos y sahumerios y del polvo rancio de las casas viejas.

Caminando a ritmo sincopado, desviando la mirada a izquierda y derecha, con movimientos cuidadosos, deteni茅ndose cada cinco o seis pasos bajo las lonas, tal vez buscando el alivio de una sombra improvisada, tal vez maravillados por el brillo del lat贸n, las zirconitas, los lapisl谩zulis, la plata vieja, los cristalitos engarzados, que se ofrec铆an como extraordinarios tesoros reci茅n descubiertos sobre las tablas de los puestos, o simplemente detenidos ante la imposibilidad inmediata de escapar del tumulto, esperando el momento de improvisar una finta para avanzar un par de filas y adue帽arse del poco espacio vac铆o disponible.

Una procesi贸n pagana, pero igualmente movida por la fe en un culto de rutinas bien definidas, de salmos comerciales, de altares apretados de mercader铆as y exvotos timbrados en forma de papel moneda, de una comuni贸n en el pan y en el vino, aunque menos frugal y can贸nica, mucho m谩s estridente y centrada en la celebraci贸n de la vida.