Apuro mi café y enciendo un cigarrillo. Inhalo profundamente. Me entretengo observando cómo la columna de humo dibuja efímeras quimeras mientras asciende. Un cliente, sentado en un pequeño taburete en el otro extremo de la barra, se queja de mi comportamiento al camarero. Sin embargo, el empleado le ignora y continúa con su labor, limpiando mesas. El hombre, visiblemente molesto, se levanta de su butaca. Pero en lugar de acercarse a mí, se encamina hacia la salida del establecimiento. Es un mal de nuestra época. Necesitamos siempre a alguien que medie por nosotras para resolver nuestros problemas. El cliente, un individuo grande, pesado, pero incapaz de dirigirse a mí directamente, lanza al vacío unas últimas palabras recriminatorias antes de salir por la puerta, cerrándola tras de sí, con calculada estridencia.
Pasan los minutos. Me aburro, me impaciento. Ni rastro del tipo con el que me había citado. Cansada de tanta espera, dejo sobre la mesa el dinero de mi consumición y abandono el local.
Cruzo el asfalto y me adentro en una vía secundaria, más estrecha. Al cabo de unos minutos, ésta termina y se abre a una avenida confinada entre rejas, que parece acotar el límite de un área ajardinada. Encuentro un acceso y atravieso la maraña de aligustre y hierros curvados que conforman el arco de entrada y me adentro en el parque. El aire es algo menos agobiante aquí, se puede imaginar todavía el verde frescor de la mañana sobre su tapiz de hierba descuidada, bajo la sombra de sus árboles enfermos. Para mi fastidio, atravesar el parque me lleva poco tiempo. Es apenas un oasis en mitad de un desierto.
Al dejar atras el parque, el paisaje urbano es más descorazonador. Ante mis ojos parece un cementerio de ladrillo y plástico, de tapias derruidas y predios abandonados.
