0߁. Intro

El detective apuró su taza de café mientras inspeccionaba, absorto en sus pensamientos, el vasto tablero de corcho que adornaba la pared del despacho.

Del viejo y maltratado tablero pendía con alfileres un pequeño enjambre de notas garabateadas, fotocopias, fechas, fotografías extraídas de los archivos policiales, recortes de prensa y, sobre ellos, una madeja de hilos entrelazados que, a modo de criptograma, ordenaban y reescribían en un lenguaje geométrico, indescifrable para un profano, la colección de datos de papel fijados meticulosamente sobre el corcho.

Chambers chascó la lengua en un gesto de contrariedad.



La investigación estaba en un punto muerto. Es cierto que habían logrado reunir pruebas suficientes como para obtener la orden de detención contra Harvey Werth, el principal sospechoso del secuestro de las dos jóvenes hermanas desaparecidas semanas antes, y que las niñas, gracias a dios, fueron encontradas a la mañana siguiente de su detención ocultas en el interior de un trastero próximo a la casa de Harvey, sin aparentes signos de violencia.

La prensa local, que días antes se había desplegado para dar cobertura informativa a la desaparición de las niñas, señaló a Harvey Werth desde el momento de su detención como un monstruo psicópata, un degenerado sexual, al que atribuyeron todo tipo de atrocidades, con el propósito de satisfacer la creciente demanda de morbo y resentimiento en la pequeña ciudad. Y el fiscal adscrito al caso, un joven jurista sin escrúpulos, presionaba a la oficina de policía para corroborar este relato y capitalizar personalmente el éxito de la investigación.

Pero Chambers no se dejaba influir fácilmente. Era un policía terco, taimado, endurecido por la experiencia, al que no le gustaba que le tomaran por imbécil y menos que le dijeran qué es lo que tenía que hacer.

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