Te quedaste en la barra, donde podías verla, atendiendo con su natural soltura a la escasa clientela. Te fascinaba su piel perfecta, profundamente pálida, casi irreal, su larga melena negra, recogida con sencillez tras la nuca, sus labios color rubí, retocados con gloss. 

La esperaste hasta que cerró el local. Tuviste tiempo suficiente para tomarte un par de copas de ese veneno disimulado con refresco de cola.

Dejásteis atrás el Devil Club, condenado al silencio hasta la próxima noche. Caminasteis juntos por las calles empedradas de regreso a la moto. 

La dejaste conducir, no querías que ella advirtiera en tu espalda la funda de tu 9 mm. Cruzasteis a gran velocidad el laberinto de arterias de la ciudad. Al llegar al viaducto que conecta la colina del Barrio Viejo con el Ensanche detuvo la moto. Los dos os bajasteis.





Eran las tres de la madrugada. Estabais completamente solos, junto al pretil del puente. Desde ese punto ofrecía una caída de varias decenas de metros hasta el suelo. Ella volvió su mirada hacia tí, siniestra. De repente te dijo, divertida “¿Te tirarías por mí al vacío?”.

      i. “Por fin te descubres”, pensaste. Era el momento de actuar. No había modo de huir, y no habría mejor oportunidad para cumplir tu tarea. Con cuidado deslizaste la mano derecha hasta tu espalda donde escondías tu Smith&Wesson.

      ii. Miraste al abismo sintiendo el vértigo. Sin embargo, no deseabas retroceder. Confíabas en ella, sentías su atracción y estabas dispuesto a continuar. De alguna manera presentiste que esto no sería el final.