[IR: Narradora] Saliste de la tienda de antigüedades. No era cosa de perder más tiempo en aquel insípido lugar una vez que habías encontrado aquel antiguo y extraordinario gramófono. El tendero gordinflón lo embaló a desgana y prácticamente no cabía dentro de la caja. Así que, por seguridad, pediste un taxi en la calle y te fuiste directamente hacia el hotel donde te alojabas. Según cruzabais la calle camino del otro extremo de la ciudad apenas tuviste tiempo de ver en la acera a un pequeño grupo de personas en torno al predicador que minutos antes te exhortaba contra lo que él llamó el tercer advenimiento. El pobre diablo yacía ahora en el suelo, inconsciente, y junto a él pudiste ver también a una joven, de la que apenas se distinguía el rostro desde la distancia, pero que por un instante parecía dirigirte una enigmática mirada.
Al llegar al Hotel Grand Sur, pediste a un mozo, un joven de color vestido con un estridente uniforme abotonado de color rojo, que te subiera el paquete hasta la tercera planta, donde tenías tu habitación. El perezoso joven obedeció a desgana, y a punto estuvo de dejar caer el gramófono embalado un par de veces antes de depositarlo finalmente a la entrada de la habitación número 303. Como ya era algo tarde y estabas un poco cansado después de aquella mañana tan ajetreada pediste que te subieran un almuerzo a tu habitación y decidiste descansar un rato.
Más tarde, tras despertar de un ligero sueño, el sol ya empezaba a caer sobre los inclinados tejados de pizarra negra del barrio de Promenade. Sentiste que ya era hora de tomar de nuevo el pulso a la ciudad. Decidiste consultar un catálogo turístico dispuesto por la gerencia del hotel sobre la mesita de tu habitación y leíste en él una reseña bastante interesante sobre un Club del centro de la ciudad. El Maison Club parecía el sitio ideal para tomar una copa y escuchar algo de buena música.
Así pues, te vestiste convenientemente para descubrir la vida nocturna de Baltowa y a los pocos minutos salías por la puerta de la habitación, dejando tras de ella tu prodigioso gramófono, confiando en dedicarle tiempo más tarde, ya que descifrar los secretos que encerraba no parecía una tarea rápida ni sencilla. Luego, tomaste un tranvía que llevaba hasta el Barrio Viejo y tras veinte minutos aproximadamente te bajaste de él. Ya a pie caminaste unos pocos minutos más hasta llegar a la entrada del local iluminado con luces de neón.
[IC/IR: Franz Wist] “A roma he llegado” –dijo el señor Wist al observar el letrero de aquel establecimiento llamado Le Maison Club. – “debe estar esperando” añadió para su coleto e inmediatamente fijó su mirada en la caja que llevaba entre sus manos, donde el encargado de la tienda de música había empacado el carrusel musical, al tiempo que una leve sonrisa cruzó su rostro. Volviendo los ojos hacia la puerta del establecimiento decidió avanzar unos pasos y franquearla. Después de mostrar su identificación estuvo a punto de tener un altercado con el portero debido a la caja que llevaba consigo pero al final logró dejar temporalmente incapacitado al sujeto gracias a que, como Franz imaginó que no lo dejarían entrar a un sitio así con la caja, utilizó un veneno con efectos de confusión que inventó Cristóbal, se colocó sus guantes y lo vertió sobre su identificación antes de ingresar, por lo que el portero lo dejó entrar en medio de su confusión. Entró al final y se topó con un estilo muy a su tono: un escenario donde se presentaba el show, murales en las paredes que escenificaban canciones o estrellas de la música, tipos que conversaban sobre arte y política, vino tinto (bebida predilecta por Mr. Wist) y música. Franz se enamoró de aquel lugar al instante “sería una pena tener que destruirlo como lo hice con aquel teatro...”
En ese recordatorio de su pasado se movía cuando recordó uno de los motivos de su visita que era la caja que llevaba consigo. Buscó por todos lados y al no encontrar lo que buscaba decidió tomar asiento en la barra y pedir un tinto en el proceso. Observando un mural que representaba al genuino Louis Amstrong en medio de una interpretación sintió la presencia de un individuo que se acercaba con paso vacilante hacia la barra. Al voltear la mirada vio a un joven que redondeaba los veinte, ni bajo ni muy alto, delgado más no en extremo, piel blanca un tanto apiñonada y una cabellera rojiza sin barba o bigote, vestido de mezclilla y una camisa casual. “El barón rojo al fin llega” – pensó Franz y le dijo con su típica sonrisa serena –cuánto tiempo.
El joven respondió a la sonrisa de Franz con otra aún más grande, tomó el asiento contiguo y pidió una root beer. “Señor Wist, no dejo de estar infinitamente agradecido por su bondad, gracias a usted me ha ido cada vez mejor”. Franz escuchó al barón rojo con atención y le dijo “no fue nada, alguien tenía que darle su merecido a ese pavo real de Velmont y a su grupo de crecidos aduladores”. El barón rojo no pudo evitar soltar una pequeña carcajada y dijo: ”Terminó haciendo el berrinche de su vida, creo que su expresión de frustración y sus rabietas mientras estaba tendido en el piso golpeándolo con sus puños jamás los olvidaré en mi vida”. El señor Wist se regocijó al recordarlo y dijo al final “pero hay que ser cautos ganamos un auto más no la guerra” El barón rojo rápidamente agregó “Si, salió muy bueno para taxi, lo tengo estacionado afuera de hecho. Pero, tiene razón esto aún continúa y… el nieto mimado del pastor es la clave ¿quién se lo iba a imaginar?”
Ambos conversaron por más tiempo observando el ir y venir de todo, recordando algunas cuestiones y poniéndose al tanto el uno al otro siempre hablando con reserva y con frases casi crípticas sin tratar de dar mayor detalle. La banda que amenizaba la velada comenzó a tocar la clásica “what a wonderful world” de Louis Amsrong. El barón rojo tarareo un poco y expresó: “esa canción puede ser un chiste de mal gusto cuando, usted sabe…” El señor Wist cerró los ojos y dijo: “lo sé, pero no temas que gracias a ello…” el barón rojo hizo gesto de afirmación “lo sé” dijo al fin. “El nieto del pastor por lo pronto está a buen recaudo, ¿Planea volver pronto?” Franz respondió “No es tiempo aún, el potencial de ese niño está bloqueado ni Valentín, tu o yo podemos hacer nada aún y para que vuelva a su máxima capacidad faltará mínimo un año y tú que conoces los signos de ello tendrás que mantenerme informado. Yo continuaré aquí porque mi estancia parece prometedora y me he topado con algunos saberes que tal vez, directa o indirectamente, ayuden a la causa”.
Después de intercambiar los últimos detalles, Franz dijo: “te hice venir hasta acá, no solo para que me pusieras al tanto, también para darte esto que estoy seguro te va a hacer mucho bien” El barón rojo miró la caja y dijo “¿A quién no le van a hacer bien los regalos?” Franz sonrió y le dió la caja al pelirrojo. Interiormente, aunque no quería admitirlo, tenía curiosidad y muchas ganas de ver la emoción en el rostro del barón. En efecto, la cara del barón rojo se iluminó “es idéntico al carrusel que mi querida Cecilia adoraba, el que encontramos en el cuarto de utilería del teatro de la escuela y no se cansaba d verlo” interrumpió el señor Wist abruptamente “hasta que ese psicópata los mató a todos y quemó la escuela, una historia muy triste pero que no debes olvidar, ten por seguro que Cecilia se encuentra ahora en aquella lejana ciudad interestelar de la que te hablé”. El barón rojo soltó en llanto, abrazó al señor Wist profundamente conmovido ante las miradas y cuchicheos de todo el local “Esta bien, está bien, todo estará bien” dijo Franz tratando de calmar al señor rojo y este salió del local un momento para reponerse diciéndole al señor Wist que nadaría por ahí. Franz tratando de no dejarse llevar por la emoción dijo “Ya, basta de drama que la noche es joven y el local aún promete”
[IC/IR Dusk] Humo. Ser humo, como el ácido que corrompe los pulmones al exhalar la calada de mi cigarrillo… Como la fina y fría niebla que acaricia la piel de mi cara esta noche… Ser como el humo, ligero, imperceptible, evanescente.
No es una opción, sino necesidad. Elegí no ser para poder ser yo misma. Para poder respirar mi propio humo, para no acabar devorada en cenizas. Humo que asciende en pequeñas espirales, sutiles, caóticas, liberadoras.
Esta noche llueve también. Igual que ayer y que anteayer. Todas las putas noches desde hace dos semanas. “No llueve eternamente”. ¿Quién dijo esa mierda? Pero no es la lluvia la que me mantiene acurrucada, sentada sobre los contenedores de basura apilados en el callejón. Ni tampoco es el miedo. Nah, que va. Hace tiempo que dejé de tenerlo. Es una sensación inútil, demasiado aburrida como para entregarse a él sin luchar. La verdad es que no sé realmente por qué sigo aquí, entre estas viejas calles del Barrio, escondida de todos y de todo, cuando hace mucho tiempo que pude escapar y buscar una nueva vida en otro lugar.
Doy un nuevo trago y hecho otra calada a mi cigarrillo. “Joder… Parezco una yonqui” Pienso en voz alta. Y me río sola. Y quizás ahora se me nublan un poco los ojos, los únicos testigos de mi soledad. Y lanzo con fuerza el botellín al otro extremo del callejón que se rompe al golpear contra la pared de ladrillo pintado… Estruendo de cristales que cortan el insoportable silencio.
Recuerdo que aquella noche también llovía. No era noche de lluvia fría invernal, sino más cálida, turbia, viciada… La humedad y el calor se condensaban en el interior del Maison Club. Sí, yo trabajé allí un tiempo. No fue, desde luego, mi decisión más inteligente. Expuesta a la mirada de la gente, a ser reconocida en cualquier momento por unos ojos anónimos, al cuchicheo incesante de clientes y gente de paso. Pero las propinas eran buenas y no era un trabajo que me sujetara a una rutina ni que me obligara a dar largas explicaciones sobre mi pasado.
El viejo Maison Club, bar de lucecitas de neón, espejos deslucidos, botellas amontonadas en viejos anaqueles y butacas de piel ennegrecida y mugrienta. Qué agradable, ¿verdad? No me hubiera tomado allí una copa ni aunque me hubieran invitado. La vieja parroquia del local tampoco es que mereciera demasiado. Borrachos, cantapenas, tíos maduros con la mirada perdida amarrados a la barra y a la botella, como viejas barcas desahuciadas varadas en el muelle… Fósiles en vida a quienes con gusto les prestarías una cuchilla, pero por lo demás inofensivos. No tanto como los grupos de jóvenes wicces que en ocasiones entraban en el local con ganas de hacer ruido y crear problemas. En teoría el club lo llevaba uno de los comisarios más respetados de los Comunes, un tipo bastante violento, sin remordimientos ni debilidades conocidas, así que nadie se atrevería, o eso creía yo entonces, a hacerme daño en su territorio. No mientras trabajara para él, no mientras estuviera bajo su protección y su reputación pudiera quedar comprometida.
Esa noche era jueves. Bien lo recuerdo porque el local estaba casi lleno y un grupo de músicos tocaban algo parecido a Rock-Jazz… La noche de los jueves solía haber música en directo, la gente acudía al Maison Club en mayor número que otras noches y era un no parar de ir y volver de la barra a las mesas, con botellas, vasos y cambio para los clientes.
Fue entonces, mientras iba a servir una mesa ocupada por un grupo de tipos vestidos con chupas de cuero, cuando de repente sentí como alguien me agarraba del brazo con fuerza. No pude evitar que las bebidas cayeran al suelo mientras me giraba para ver quién me detenía el paso. “Hola Dusk, cuanto tiempo sin verte” Reconocía esa voz, grave, quebradiza… Se me heló la sangre nada más descubrir las facciones de su apergaminado rostro. “Vaya, no parece que te alegres demasiado de verme… ¿Sabes? En casa te echamos de menos”. Simplemente, intenté zafarme de su mano, pero sin éxito. Fue algo instintivo, supongo, que yo gritara en ese momento.
“Quítale la mano de encima a la chica” El corpulento encargado del local se nos echó encima, inmediatamente, tras oírnos. “¿No me escuchaste? ¡Que le sueltes el brazo!” Rob, el encargado, era un tipo oscuro y malencarado que conocía bien su trabajo. Mas de una vez le vi pateando el culo sin dudar a los borrachos que amenazaban con no pagar o que se propasaban con las camareras. “No te lo voy a repetir otra vez, cacho de mierda”.
- Y si no la suelto, ¿qué crees que va a pasar? – La voz del viejo sonó confiada, enigmática, casi burlona. Rob, el buen Rob, levantó sin dudar el brazo para partirle los dientes al viejo de la cara de momia. Un último impulso antes de golpear… Y entonces se paró en seco. El encargado se quedó lívido, con los ojos en blanco, como si le faltara el aire… De repente comenzó a babear y a emitir una especie de gemidos agónicos, seguidos de espasmos violentos. Parecía como si su pecho o su garganta se fueran a abrir en canal. Bob abrió involuntariamente la boca, hasta desencajarse la mandíbula y de ella empezaron a brotar una especie de coágulos sanguinolentos. Al instante, tras su deforme lengua enrojecida comenzó a abrirse paso una bola sangrienta y viscosa. No era otra cosa que el corazón aún palpitante del pobre Bob, que se abría paso entre sus entrañas, hasta terminar descolgándose de su boca, quedando ahora sólo unido a su cuerpo por las sirgas que formaban sus venas y arterias...
[IC/IR: Franz Wist] Ante la casi huida del barón rojo, el cual salió de Le maison con la mirada puesta en el vacío llevando el carrusel musical enroscado entre sus brazos y pegado contra su pecho, Franz Wist se limitó a observar aquella silueta melancólica que se alejó lentamente y cruzó la puerta del club. –¡Pobre barón! Espero que consiga algo de paz en su alma y… -detuvo sus pensamientos al tener un destello de reflexión “¿Qué el barón rojo se sienta bien? ¿Un carrusel musical? Lo que es más ¡Un regalo para él? ¿Paz en su alma? ¿En qué estoy pensando?” Franz, que hasta el momento no había hecho más que mostrar su lado hipócrita, amable pero frívolo o su estado sádico y un tanto salvaje, experimentaba sentimientos filiales hacia el pelirrojo, se veía como hermano mayor del barón. En su vida Franz sintió ese mismo amor por su familia cuando era un niño, por su esposa e hijo después y ahora sentía una gran afinidad por el barón rojo debido a la misma ideología fanatizadora que en ocasiones salía a relucir en aquel joven de aspecto serio y nervioso. Finalmente Franz echó su cabeza atrás y pensó “creo que me he hecho bastante cursi”.
En esos pensamientos andaba cuando reparó en su copa vacía e inmediatamente llamó a la barra y pidió algo más de tinto, su bebida predilecta. Al mirar la copa llena se entretuvo contemplando el líquido que contenía, más que el sabor lo que Franz adoraba del vino tinto era su rojiza coloración evocadora de pasión, ira, fuego, lujuria, deseo, sangre, sentimientos y elementos que contrastaban con su propia personalidad, sus formas frías y serenas pero que estaban a tono con su inspiración musical y su exacerbado fanatismo. Tomó un trago de aquella copa sintiendo que se aviva en él una llama extinta, tal vez, inconscientemente, era una artimaña que utilizaba su espíritu con la finalidad de tomar algo de alma y calor. “Andamos muy vulnerables el día de hoy” se dijo a sí mismo.
Mientras el señor Wist se extasiaba en el tinto, por la calle caminaban a paso agitado, cargando sus paraguas, dos jóvenes de la edad del barón rojo pero que se diferenciaban en su actitud, porte, modales y vestimenta. Mientras que el barón rojo era un tipo introvertido, ansioso y vestido con ropa casual, éstos dos se veían altivos, un tanto engreídos y vestidos formalmente. “Yo lo vi, salió en el carro de mi tío con rumbo desconocido y según mis cálculos debe estar en este sector ¡mira ese es el auto de mi tío!” Decía unos de los hombres al otro mientras veían a lo lejos el auto.
El señor Wist miró a cada una de las personas del lugar y se decía a sí mismo: “¿Sera verdad eso de que estoy siendo vigilado por entes secretos y poderosos?” Franz vió hacía diferentes direcciones y personas examinándolas con algo de recelo “-¿Serán acaso aquellos tipos de negro? ¿El bartender? ¿Aquella camarera?” inmediatamente se dirigió al bartender: “disculpe ¿Se encuentra el encargado? Me encantaría alabar un poco este sitio” El hombre de la barra señaló a otro que se encontraba conversando con la camarera. El señor Wist se acercó con su sonrisa amable y voz tranquila que evocaba a cualquier líder de secta religiosa o de coach personal y comenzó a decir tranquilamente “Buenas noches señor y señorita, me dijeron que usted es el encargado de este sitio” a pesar de la finta del sujeto y las demás personas que lo rodeaban Franz no se inmutó y siguió hablando con su acostumbrada tranquilidad. Vinieron las presentaciones y los elogios de Franz hacia el local, incluso ofreció sus servicios como músico para alguna futura presentación. “sé que lo que diré sonará algo trillado pero es la verdad, este sitio es mágico desde las bebidas que evocan sensaciones, los músicos que logran transmitir las historias de las canciones e incluso el personal, el de la barra, los camareros como esta jovencita –volteó la cabeza hacia Dusk- Dusk –pronunció todo esto con una paz vacía, Dusk escuchó, quien sabe si anteriormente lo habría escuchado de esa manera, su nombre en una voz que a los seguidores llenaría de paz y a los no seguidores, no tan ciegos, de incomodidad. El barón rojo entró nuevamente a Le maison un poco más tranquilo, con su paso vacilante y un cigarrillo que de vez en cuando se llevaba ansiosamente a los labios. El barón se acercó a Franz y los demás presentes que ya miraban al señor Wist con atención, Franz le presentó a sus nuevos conocidos y ante la pregunta del encargado de que si también él era artista, el barón rojo se limitó a decir “no señor, soy uber”. Después, Franz decidió no interrumpir más a esas personas de sus obligaciones y junto al barón rojo volvió a la barra.
Minutos después, mientras Franz y el barón Rojo hacían un truco de magia barato al bartender, se escuchó barullo en la entrada del local. Los dos jóvenes modosos entraron al lugar y sintieron la patada inmediatamente. Barrieron con una mirada de asco, desdén y sorpresa el sitio y uno de ellos no evitó llevarse una mano a la nariz y comenzar a toser “cof cof ¡pero que pocilga es esta! ¡Puaggg!” no ocultaba sus ganas de vomitar. “¿Qué te esperabas de ese pillo? Un palacio?” decía el otro que , aunque no le encantaba para nada estar ahí, podía tolerarlo un poco más.
Todo mundo estuvo a punto de voltear a la entrada pero el estruendo de los hombres se vio opacado por otro zafarrancho que se empezó a armar entre el encargado, los tipos de negro y la camarera. El barón rojo se llevó ambas manos al pecho y observaba todo moviendo la cabeza en señal de reprobación al tiempo que exhalaba humo de su boca. Franz Wist observó el espectáculo con una sonrisa un tanto burlona, como cuando vemos pelear a los abuelos o padres, y una mirada despreocupada “¿tendré que defender al pobre encargado y a Dusk?”, mientras tanto en una mesa apartada pero con buena visibilidad hacia todos los ángulos, los tipos estirados espiaban lo que hacían Franz y el barón “mira primo, el barón rojo parece algo sobresaltado” a lo que el otro respondió “tienes toda la razón Duvan. Esa cajetilla de cigarros lo delata”. Duvan añadió “ y como no estar sobresaltado si tiene que estar al pendiente del nieto del pastor, sobretodo cuidándole el cierre del pantalón” el otro respondió “es normal hasta hace poco ha descubierto sensaciones que jamás había experimentado” Duvan sonrió maliciosamente “no te hagas que de todos a ti fue al que le cerró el ojo” el joven no le contesto nada a Duvan porque comenzó una lucha muy sangrienta en el sitio. “mira Duvan, que poco control de impulsos” Duvan moviendo a cabeza en señal de reprobación mientras a uno de los hombres se le salía el corazón dijo: ¡Pero que gente sin educación! Aunque no sé qué más se podría esperar de un lugar del agrado de Franz y el barón rojo”
El barón rojo apretó el cigarrillo en el cenicero y sus dedos, rojizos y amarillentos a causa del tabaco, no tardaron mucho en tomar otro. Franz decidió levantarse para ir en la ayuda de sus nuevos conocidos, después de todo ya era hora de tener contactos, y escuchó una voz a su espalda “Ahora eres el Franz el justiciero” El barón rojo y Franz voltearon sus cabezas y observaron a Duvan Valvanera y a Cristóbal Gout/Velmont. “La hoguera de las vanidades presente” dijo con su sonrisa inmutable el señor Wist. “Pero no te detengas –continuó Duvan- quiero ver una nueva faceta”. Cristóbal le dijo al barón rojo “Y tu ¿cómo puedes dejar descuidado a Enrique, el nieto del pastor” El barón rojo sonrió con malicia y contestó “¿A Enrique? Bien que te preocupa” Cristóbal sin inmutarse contestó a su vez “Sin el toque del alba no puede llevarse a cabo y… Duvan interrumpió a Cristóbal y le recriminó al Barón rojo: “Todavía de que tienes un ingreso económico gracias al auto de mi tío…” El barón rojo le quitó la palabra “ese auto ahora me pertenece” Franz escuchaba los dimes y diretes entre sus acompañantes con una cara despreocupada pero decidido a pasar a la acción.
-Chicos manténganse cerca de mí en todo momento- les advirtió el señor Wist a sus acompañantes- a lo que Duvan respondió –¡Pretendes que te ayudemos, acaso?- el señor Wist desenfundó su violín y le replicó a Duvan –No, nada de eso, solo que ustedes saben lo que sigue. Pueden quedarse a presenciarlo pero a menos de un metro de distancia de mi o pueden salir del lugar inmediatamente- los tres chicos, que ya habían visto con anterioridad al señor Wist en acción hicieron caso a su advertencia pero como tenían curiosidad por ver como transcurrirían los acontecimientos optaron por permanecer cerca del señor Wist. Cristóbal, que hubiera preferido irse, miraba con un poco de indiferencia, Duvan era el que más interesado en ver aquello y el barón rojo encendía otro cigarro nerviosamente. Franz se limitó a sonreír y a hacer su música.
Dentro del desastre ocasionado, las personas que trataban de huir y los tipos que amedrentaban a Dusk, el sonido de las primeras notas de una sinfonía hicieron que todo mundo volteara en dirección a un joven altivo que tocaba su violín en una postura que recordaba a un trance glorioso. Las personas se quedaron atónitas mirándolo y la melodía se introdujo agresivamente en su mente. El violinista los hizo llegar a un estado hipnótico profundo provocando que terminaran, literalmente, con la mente en otro sitio. Los tipos que molestaban a Dusk por poco se dan cuenta del encantamiento pero para cuando trataron de hacer algo habían caído en trance al igual que Dusk. Todo mundo bailaba al son de la melodía con movimientos lentos y trabajosos, parecía que flotarían en cualquier momento.
Finalmente la última nota salió del violín y las personas reunidas se desvanecieron suavemente con una coordinación digna de cualquier coreografía ensayada con antelación. -¿Y esos es todo? Es impresionante ciertamente pero… ¿No vas a hacer que destruyan el sitio y se maten unos a otros?- preguntaba algo decepcionado Duvan a lo que Franz contestó- Tuve suerte al hacer que los tipos cayeran en el encantamiento, más no sé si eso será por mucho tiempo, aparte me agradó el local no veo por qué destruirlo - Cristóbal se limitó a decir –Era de suponerse-. El señor Wist se dirigió al punto donde la señorita Duskah yacía inconsciente y se limitó a decirles a Duvan y Cristóbal –llévenla hasta el auto del barón- Duvan dijo encolerizado -¿Qué? No la vas a cargar tú? –de pronto uno de los tipos comenzaba a murmurar cosas inteligibles entre delirios a lo que el señor Wist dijo –Rápido, no hay tiempo que perder que pueden recuperar el conocimiento de un momento a otro- a regañadientes Duvan y Cristóbal llevaron a Dusk al taxi del barón rojo, el cual había salido antes por indicaciones de Franz y los esperaba con el motor encendido. Cristóbal y Duvan se introdujeron junto a Dusk en la parte trasera del auto, Franz ocupó el copiloto y el barón arrancó el auto a toda velocidad, sin embargo nadie los siguió por lo que pasadas unas cuantas calles el auto se movió a una velocidad moderada.
¡Qué noche!,- pronunciaba un poco agitado Duvan. Cristóbal preguntaba -¿Qué piensas hacer ahora con esta mujer? Esto es atípico en ti. Del barón rojo me lo esperaría pero de ti….- Se encontraban en un semáforo rojo por lo que el barón despegó las manos del volante y las juntó sobre sus piernas mostrando incomodidad en su semblante. En ese momento Franz le pidió al barón que aparcara el vehículo –sé que esa chica sabe más cosas de lo que aparente y deseo respuestas a muchas preguntas que he tenido desde mi llegada a la ciudad y si no es el caso, y dados los acontecimientos, llegó la hora de tener aliados. Retiraré mi encantamiento y reaccionara en cualquier momento_. Franz realizó aquello y su mirada, la del barón y los otros dos chicos, Duvan que le sostenía la cabeza y Cristóbal la barbilla, se enfocaron en la joven.
[IC/IR Dusk] Humo. Ser humo, como el ácido que corrompe los pulmones al exhalar la calada de mi cigarrillo… Como la fina y fría niebla que acaricia la piel de mi cara esta noche… Ser como el humo, ligero, imperceptible, evanescente.
No es una opción, sino necesidad. Elegí no ser para poder ser yo misma. Para poder respirar mi propio humo, para no acabar devorada en cenizas. Humo que asciende en pequeñas espirales, sutiles, caóticas, liberadoras.
Esta noche llueve también. Igual que ayer y que anteayer. Todas las putas noches desde hace dos semanas. “No llueve eternamente”. ¿Quién dijo esa mierda? Pero no es la lluvia la que me mantiene acurrucada, sentada sobre los contenedores de basura apilados en el callejón. Ni tampoco es el miedo. Nah, que va. Hace tiempo que dejé de tenerlo. Es una sensación inútil, demasiado aburrida como para entregarse a él sin luchar. La verdad es que no sé realmente por qué sigo aquí, entre estas viejas calles del Barrio, escondida de todos y de todo, cuando hace mucho tiempo que pude escapar y buscar una nueva vida en otro lugar.
Doy un nuevo trago y hecho otra calada a mi cigarrillo. “Joder… Parezco una yonqui” Pienso en voz alta. Y me río sola. Y quizás ahora se me nublan un poco los ojos, los únicos testigos de mi soledad. Y lanzo con fuerza el botellín al otro extremo del callejón que se rompe al golpear contra la pared de ladrillo pintado… Estruendo de cristales que cortan el insoportable silencio.
Recuerdo que aquella noche también llovía. No era noche de lluvia fría invernal, sino más cálida, turbia, viciada… La humedad y el calor se condensaban en el interior del Maison Club. Sí, yo trabajé allí un tiempo. No fue, desde luego, mi decisión más inteligente. Expuesta a la mirada de la gente, a ser reconocida en cualquier momento por unos ojos anónimos, al cuchicheo incesante de clientes y gente de paso. Pero las propinas eran buenas y no era un trabajo que me sujetara a una rutina ni que me obligara a dar largas explicaciones sobre mi pasado.
El viejo Maison Club, bar de lucecitas de neón, espejos deslucidos, botellas amontonadas en viejos anaqueles y butacas de piel ennegrecida y mugrienta. Qué agradable, ¿verdad? No me hubiera tomado allí una copa ni aunque me hubieran invitado. La vieja parroquia del local tampoco es que mereciera demasiado. Borrachos, cantapenas, tíos maduros con la mirada perdida amarrados a la barra y a la botella, como viejas barcas desahuciadas varadas en el muelle… Fósiles en vida a quienes con gusto les prestarías una cuchilla, pero por lo demás inofensivos. No tanto como los grupos de jóvenes wicces que en ocasiones entraban en el local con ganas de hacer ruido y crear problemas. En teoría el club lo llevaba uno de los comisarios más respetados de los Comunes, un tipo bastante violento, sin remordimientos ni debilidades conocidas, así que nadie se atrevería, o eso creía yo entonces, a hacerme daño en su territorio. No mientras trabajara para él, no mientras estuviera bajo su protección y su reputación pudiera quedar comprometida.
Esa noche era jueves. Bien lo recuerdo porque el local estaba casi lleno y un grupo de músicos tocaban algo parecido a Rock-Jazz… La noche de los jueves solía haber música en directo, la gente acudía al Maison Club en mayor número que otras noches y era un no parar de ir y volver de la barra a las mesas, con botellas, vasos y cambio para los clientes.
Fue entonces, mientras iba a servir una mesa ocupada por un grupo de tipos vestidos con chupas de cuero, cuando de repente sentí como alguien me agarraba del brazo con fuerza. No pude evitar que las bebidas cayeran al suelo mientras me giraba para ver quién me detenía el paso. “Hola Dusk, cuanto tiempo sin verte” Reconocía esa voz, grave, quebradiza… Se me heló la sangre nada más descubrir las facciones de su apergaminado rostro. “Vaya, no parece que te alegres demasiado de verme… ¿Sabes? En casa te echamos de menos”. Simplemente, intenté zafarme de su mano, pero sin éxito. Fue algo instintivo, supongo, que yo gritara en ese momento.
“Quítale la mano de encima a la chica” El corpulento encargado del local se nos echó encima, inmediatamente, tras oírnos. “¿No me escuchaste? ¡Que le sueltes el brazo!” Rob, el encargado, era un tipo oscuro y malencarado que conocía bien su trabajo. Mas de una vez le vi pateando el culo sin dudar a los borrachos que amenazaban con no pagar o que se propasaban con las camareras. “No te lo voy a repetir otra vez, cacho de mierda”.
- Y si no la suelto, ¿qué crees que va a pasar? – La voz del viejo sonó confiada, enigmática, casi burlona. Rob, el buen Rob, levantó sin dudar el brazo para partirle los dientes al viejo de la cara de momia. Un último impulso antes de golpear… Y entonces se paró en seco. El encargado se quedó lívido, con los ojos en blanco, como si le faltara el aire… De repente comenzó a babear y a emitir una especie de gemidos agónicos, seguidos de espasmos violentos. Parecía como si su pecho o su garganta se fueran a abrir en canal. Bob abrió involuntariamente la boca, hasta desencajarse la mandíbula y de ella empezaron a brotar una especie de coágulos sanguinolentos. Al instante, tras su deforme lengua enrojecida comenzó a abrirse paso una bola sangrienta y viscosa. No era otra cosa que el corazón aún palpitante del pobre Bob, que se abría paso entre sus entrañas, hasta terminar descolgándose de su boca, quedando ahora sólo unido a su cuerpo por las sirgas que formaban sus venas y arterias...
[IC/IR: Franz Wist] Ante la casi huida del barón rojo, el cual salió de Le maison con la mirada puesta en el vacío llevando el carrusel musical enroscado entre sus brazos y pegado contra su pecho, Franz Wist se limitó a observar aquella silueta melancólica que se alejó lentamente y cruzó la puerta del club. –¡Pobre barón! Espero que consiga algo de paz en su alma y… -detuvo sus pensamientos al tener un destello de reflexión “¿Qué el barón rojo se sienta bien? ¿Un carrusel musical? Lo que es más ¡Un regalo para él? ¿Paz en su alma? ¿En qué estoy pensando?” Franz, que hasta el momento no había hecho más que mostrar su lado hipócrita, amable pero frívolo o su estado sádico y un tanto salvaje, experimentaba sentimientos filiales hacia el pelirrojo, se veía como hermano mayor del barón. En su vida Franz sintió ese mismo amor por su familia cuando era un niño, por su esposa e hijo después y ahora sentía una gran afinidad por el barón rojo debido a la misma ideología fanatizadora que en ocasiones salía a relucir en aquel joven de aspecto serio y nervioso. Finalmente Franz echó su cabeza atrás y pensó “creo que me he hecho bastante cursi”.
En esos pensamientos andaba cuando reparó en su copa vacía e inmediatamente llamó a la barra y pidió algo más de tinto, su bebida predilecta. Al mirar la copa llena se entretuvo contemplando el líquido que contenía, más que el sabor lo que Franz adoraba del vino tinto era su rojiza coloración evocadora de pasión, ira, fuego, lujuria, deseo, sangre, sentimientos y elementos que contrastaban con su propia personalidad, sus formas frías y serenas pero que estaban a tono con su inspiración musical y su exacerbado fanatismo. Tomó un trago de aquella copa sintiendo que se aviva en él una llama extinta, tal vez, inconscientemente, era una artimaña que utilizaba su espíritu con la finalidad de tomar algo de alma y calor. “Andamos muy vulnerables el día de hoy” se dijo a sí mismo.
Mientras el señor Wist se extasiaba en el tinto, por la calle caminaban a paso agitado, cargando sus paraguas, dos jóvenes de la edad del barón rojo pero que se diferenciaban en su actitud, porte, modales y vestimenta. Mientras que el barón rojo era un tipo introvertido, ansioso y vestido con ropa casual, éstos dos se veían altivos, un tanto engreídos y vestidos formalmente. “Yo lo vi, salió en el carro de mi tío con rumbo desconocido y según mis cálculos debe estar en este sector ¡mira ese es el auto de mi tío!” Decía unos de los hombres al otro mientras veían a lo lejos el auto.
El señor Wist miró a cada una de las personas del lugar y se decía a sí mismo: “¿Sera verdad eso de que estoy siendo vigilado por entes secretos y poderosos?” Franz vió hacía diferentes direcciones y personas examinándolas con algo de recelo “-¿Serán acaso aquellos tipos de negro? ¿El bartender? ¿Aquella camarera?” inmediatamente se dirigió al bartender: “disculpe ¿Se encuentra el encargado? Me encantaría alabar un poco este sitio” El hombre de la barra señaló a otro que se encontraba conversando con la camarera. El señor Wist se acercó con su sonrisa amable y voz tranquila que evocaba a cualquier líder de secta religiosa o de coach personal y comenzó a decir tranquilamente “Buenas noches señor y señorita, me dijeron que usted es el encargado de este sitio” a pesar de la finta del sujeto y las demás personas que lo rodeaban Franz no se inmutó y siguió hablando con su acostumbrada tranquilidad. Vinieron las presentaciones y los elogios de Franz hacia el local, incluso ofreció sus servicios como músico para alguna futura presentación. “sé que lo que diré sonará algo trillado pero es la verdad, este sitio es mágico desde las bebidas que evocan sensaciones, los músicos que logran transmitir las historias de las canciones e incluso el personal, el de la barra, los camareros como esta jovencita –volteó la cabeza hacia Dusk- Dusk –pronunció todo esto con una paz vacía, Dusk escuchó, quien sabe si anteriormente lo habría escuchado de esa manera, su nombre en una voz que a los seguidores llenaría de paz y a los no seguidores, no tan ciegos, de incomodidad. El barón rojo entró nuevamente a Le maison un poco más tranquilo, con su paso vacilante y un cigarrillo que de vez en cuando se llevaba ansiosamente a los labios. El barón se acercó a Franz y los demás presentes que ya miraban al señor Wist con atención, Franz le presentó a sus nuevos conocidos y ante la pregunta del encargado de que si también él era artista, el barón rojo se limitó a decir “no señor, soy uber”. Después, Franz decidió no interrumpir más a esas personas de sus obligaciones y junto al barón rojo volvió a la barra.
Minutos después, mientras Franz y el barón Rojo hacían un truco de magia barato al bartender, se escuchó barullo en la entrada del local. Los dos jóvenes modosos entraron al lugar y sintieron la patada inmediatamente. Barrieron con una mirada de asco, desdén y sorpresa el sitio y uno de ellos no evitó llevarse una mano a la nariz y comenzar a toser “cof cof ¡pero que pocilga es esta! ¡Puaggg!” no ocultaba sus ganas de vomitar. “¿Qué te esperabas de ese pillo? Un palacio?” decía el otro que , aunque no le encantaba para nada estar ahí, podía tolerarlo un poco más.
Todo mundo estuvo a punto de voltear a la entrada pero el estruendo de los hombres se vio opacado por otro zafarrancho que se empezó a armar entre el encargado, los tipos de negro y la camarera. El barón rojo se llevó ambas manos al pecho y observaba todo moviendo la cabeza en señal de reprobación al tiempo que exhalaba humo de su boca. Franz Wist observó el espectáculo con una sonrisa un tanto burlona, como cuando vemos pelear a los abuelos o padres, y una mirada despreocupada “¿tendré que defender al pobre encargado y a Dusk?”, mientras tanto en una mesa apartada pero con buena visibilidad hacia todos los ángulos, los tipos estirados espiaban lo que hacían Franz y el barón “mira primo, el barón rojo parece algo sobresaltado” a lo que el otro respondió “tienes toda la razón Duvan. Esa cajetilla de cigarros lo delata”. Duvan añadió “ y como no estar sobresaltado si tiene que estar al pendiente del nieto del pastor, sobretodo cuidándole el cierre del pantalón” el otro respondió “es normal hasta hace poco ha descubierto sensaciones que jamás había experimentado” Duvan sonrió maliciosamente “no te hagas que de todos a ti fue al que le cerró el ojo” el joven no le contesto nada a Duvan porque comenzó una lucha muy sangrienta en el sitio. “mira Duvan, que poco control de impulsos” Duvan moviendo a cabeza en señal de reprobación mientras a uno de los hombres se le salía el corazón dijo: ¡Pero que gente sin educación! Aunque no sé qué más se podría esperar de un lugar del agrado de Franz y el barón rojo”
El barón rojo apretó el cigarrillo en el cenicero y sus dedos, rojizos y amarillentos a causa del tabaco, no tardaron mucho en tomar otro. Franz decidió levantarse para ir en la ayuda de sus nuevos conocidos, después de todo ya era hora de tener contactos, y escuchó una voz a su espalda “Ahora eres el Franz el justiciero” El barón rojo y Franz voltearon sus cabezas y observaron a Duvan Valvanera y a Cristóbal Gout/Velmont. “La hoguera de las vanidades presente” dijo con su sonrisa inmutable el señor Wist. “Pero no te detengas –continuó Duvan- quiero ver una nueva faceta”. Cristóbal le dijo al barón rojo “Y tu ¿cómo puedes dejar descuidado a Enrique, el nieto del pastor” El barón rojo sonrió con malicia y contestó “¿A Enrique? Bien que te preocupa” Cristóbal sin inmutarse contestó a su vez “Sin el toque del alba no puede llevarse a cabo y… Duvan interrumpió a Cristóbal y le recriminó al Barón rojo: “Todavía de que tienes un ingreso económico gracias al auto de mi tío…” El barón rojo le quitó la palabra “ese auto ahora me pertenece” Franz escuchaba los dimes y diretes entre sus acompañantes con una cara despreocupada pero decidido a pasar a la acción.
-Chicos manténganse cerca de mí en todo momento- les advirtió el señor Wist a sus acompañantes- a lo que Duvan respondió –¡Pretendes que te ayudemos, acaso?- el señor Wist desenfundó su violín y le replicó a Duvan –No, nada de eso, solo que ustedes saben lo que sigue. Pueden quedarse a presenciarlo pero a menos de un metro de distancia de mi o pueden salir del lugar inmediatamente- los tres chicos, que ya habían visto con anterioridad al señor Wist en acción hicieron caso a su advertencia pero como tenían curiosidad por ver como transcurrirían los acontecimientos optaron por permanecer cerca del señor Wist. Cristóbal, que hubiera preferido irse, miraba con un poco de indiferencia, Duvan era el que más interesado en ver aquello y el barón rojo encendía otro cigarro nerviosamente. Franz se limitó a sonreír y a hacer su música.
Dentro del desastre ocasionado, las personas que trataban de huir y los tipos que amedrentaban a Dusk, el sonido de las primeras notas de una sinfonía hicieron que todo mundo volteara en dirección a un joven altivo que tocaba su violín en una postura que recordaba a un trance glorioso. Las personas se quedaron atónitas mirándolo y la melodía se introdujo agresivamente en su mente. El violinista los hizo llegar a un estado hipnótico profundo provocando que terminaran, literalmente, con la mente en otro sitio. Los tipos que molestaban a Dusk por poco se dan cuenta del encantamiento pero para cuando trataron de hacer algo habían caído en trance al igual que Dusk. Todo mundo bailaba al son de la melodía con movimientos lentos y trabajosos, parecía que flotarían en cualquier momento.
Finalmente la última nota salió del violín y las personas reunidas se desvanecieron suavemente con una coordinación digna de cualquier coreografía ensayada con antelación. -¿Y esos es todo? Es impresionante ciertamente pero… ¿No vas a hacer que destruyan el sitio y se maten unos a otros?- preguntaba algo decepcionado Duvan a lo que Franz contestó- Tuve suerte al hacer que los tipos cayeran en el encantamiento, más no sé si eso será por mucho tiempo, aparte me agradó el local no veo por qué destruirlo - Cristóbal se limitó a decir –Era de suponerse-. El señor Wist se dirigió al punto donde la señorita Duskah yacía inconsciente y se limitó a decirles a Duvan y Cristóbal –llévenla hasta el auto del barón- Duvan dijo encolerizado -¿Qué? No la vas a cargar tú? –de pronto uno de los tipos comenzaba a murmurar cosas inteligibles entre delirios a lo que el señor Wist dijo –Rápido, no hay tiempo que perder que pueden recuperar el conocimiento de un momento a otro- a regañadientes Duvan y Cristóbal llevaron a Dusk al taxi del barón rojo, el cual había salido antes por indicaciones de Franz y los esperaba con el motor encendido. Cristóbal y Duvan se introdujeron junto a Dusk en la parte trasera del auto, Franz ocupó el copiloto y el barón arrancó el auto a toda velocidad, sin embargo nadie los siguió por lo que pasadas unas cuantas calles el auto se movió a una velocidad moderada.
¡Qué noche!,- pronunciaba un poco agitado Duvan. Cristóbal preguntaba -¿Qué piensas hacer ahora con esta mujer? Esto es atípico en ti. Del barón rojo me lo esperaría pero de ti….- Se encontraban en un semáforo rojo por lo que el barón despegó las manos del volante y las juntó sobre sus piernas mostrando incomodidad en su semblante. En ese momento Franz le pidió al barón que aparcara el vehículo –sé que esa chica sabe más cosas de lo que aparente y deseo respuestas a muchas preguntas que he tenido desde mi llegada a la ciudad y si no es el caso, y dados los acontecimientos, llegó la hora de tener aliados. Retiraré mi encantamiento y reaccionara en cualquier momento_. Franz realizó aquello y su mirada, la del barón y los otros dos chicos, Duvan que le sostenía la cabeza y Cristóbal la barbilla, se enfocaron en la joven.