Al poco dobla la última esquina, tras la cual se encuentra siempre abierto un pequeño bazar oriental, un local de aire enrarecido, bañado en luz de neón de forma intermitente. Rohn se dispone a tirar de la puerta acristalada para acceder al interior, pero algo le detiene. Un furtivo reflejo en el cristal. Un presagio en forma de dos espigadas y sombrías siluetas a su espalda. Apenas un instante, sin tiempo de reaccionar y siente un impacto duro y luego un intenso y punzante dolor en su torso, como si una ardiente llamarada le descarnara por dentro. Y el ahogo de la sangre palpitante fluyendo sobre su pecho y su garganta.

Rohn se revuelve contra sus agresores, brutal, como una alimaña acorralada. Los segundos se suceden de forma atropellada, al ritmo discontinuo de las luces fluorescentes. El estrépito de los cristales que se rompen se confunden con los golpes y tal vez el chasquido de algún disparo. En breve todo ruido cesa, excepto el molesto zumbido de las lámparas de neón que revelan la escena. Sobre el frío asfalto descansan los cuerpos de los dos matones y junto a ellos, Rohn, que permanece sentado en el suelo con las manos sobre su cabeza, insensible al dolor físico, llorando abrumado. Pero, milagrosamente, vivo.

Sin embargo, en el otro extremo de la calle, en un bloque de pisos en el Le Avant, en el sucio y ruinoso apartamento de una única pieza y ventanas ciegas descansa, sin vida, el cuerpo de Ambar… Tumbada sobre su desaliñada cama, con los ojos aún abiertos, pero inertes, bañada en sangre. Con sus frías manos aferradas a su ofrenda de amor, a su tótem del sacrificio, al pequeño collar trenzado de mechones que vinculaba sus vidas y que cuelga ahora agotado sobre su pecho.

          “Soon my Angel came again: 
          I was arm’d, he came in vain; 
          For the time of youth was fled, 
          And grey hairs were on my head.”