2 de febrero 1.995, Kraków

Nadja se agarra a la barra de ballet y empieza a ensayar una serie de Glissades. Le sudan las manos. Las piernas le tiemblan. Apenas alcanza a coordinar. Sus movimientos son torpes y dispersos. Herr Fromm brama a su espalda. 

Nadja se detiene un instante buscando aplomo. Y entonces llega la descarga sobre su espalda. El azote del cuero es tan fuerte que tiene que doblarse para no perder el equilibrio. "¡No te atrevas a parar!" La grita. Nadja no puede desobedecer. Presa del miedo, se recompone, yergue la espalda, y ejecuta un Tombé. 

¿A dónde va el sonido de las campanas? Ellas repican y ascienden en la niebla que acaricia el mar. ¿A dónde van? ¿Por qué no cejan en su sonar? 

Tombé pas de bourrée en dehors. Pero no encuentra su centro de gravedad. Herr Fromm camina acechante, a su alrededor. Sus pasos resuenan en el entarimado. Hace chascar la correa contra el suelo como un domador de circo. Cada pequeño tropiezo, cada ligero desvanecimiento, es castigado. Un fouetté seguido de piouetté en dedans, y arbitrariamente lanza el látigo contra las piernas de Nadia, que pierde el equilibrio y cae al suelo. 

¿A dónde ván? ¿A quién reclaman con su llamada? ¿Por qué no dejan de golpear? 

La pobre Nadja cae de rodillas, lastimada. Instintivamente se aparta de él, gateando. La correa se despliega en el aire y cae feroz sobre su cuerpo, sobre su espalda, su cara… una vez y otra. Nadia intenta cubrirse con las manos. Y llora. 

Herr Fromm maneja la situación a su capricho. Al tiempo arroja la cincha que golpea contra el espejo y se agacha frente a ella. Excitado, la agarra del pelo, y tirando de él la levanta. “Pequeña novata de mierda. No vales mi tiempo”. 

Shh, calla pequeña. Deja que las campanas batan el agua y se marchen con su violencia. No temas. Nosotros somos la niebla. Deja que rompan las aguas del mar. 

Nadja, colgada de su cabello, ingrávida sin necesidad de puntas. Agotada, abstraída, no escucha las palabras. El iris de sus ojos se ha oscurecido y su mirada, lacrimosa, se pierde mas allá de la sala de ballet, cautivada por el tañir de las campanas que mecen las olas en un mar de delirio autístico. De las heridas de su espalda brotan pétalos de rosa que mansamente se derraman por el parqué.