Ca铆as. Pero no era tu cuerpo el que ca铆a desde lo alto, era tu voluntad la que se desplomaba. Tu cuerpo s贸lo se inclin贸 hasta apoyarse, mansamente, sobre ella y tus ojos se extraviaron en el infinito cielo estrellado abierto bajo tus pies.

Sentiste su aliento tibio sobre tu piel, la humedad de su lengua y su 谩spero ronroneo. Sentiste la inicial dolorosa incisi贸n y el inmediato palpitar del torrente sangu铆neo agolp谩ndose en la herida reci茅n punzada. Sentiste como con cada succi贸n te debilitabas y c贸mo, agotado, te sumergiste en un mar de placentero abatimiento.

Los minutos fueron eternos. Los latidos de tu coraz贸n se volvieron cada vez m谩s fuertes, m谩s sincopados. Cada s铆stole y di谩stole resonaba en tu sien, hasta terminar fundi茅ndose en un zumbido mon贸tono e intenso. El dolor te atenazaba y te obligaba a contraerte con fuerza. Te faltaba el aire. Sent铆as una terrible opresi贸n en tu pecho. El dolor era insoportable.

Entonces apareciste en un sue帽o. Un sue帽o de tus primeros instantes de vida. Estabas sumergido en un mar de agua caliente y p煤rpura, en el que no pod铆as respirar. Escuchaste su voz en la distancia, como si fuera un rumor distorsionado, bajo el agua. Estabas ahog谩ndote y ten铆as sed. Una sed intensa, insaciable. ¡Te estabas asfixiando!¡Necesitabas beber!.



     
Tus labios se humedecieron como la tierra 谩rida con las primeras gotas de lluvia. Bebiste con ansia la Vitae que ahora brotaba del corte de su mu帽eca, como un reci茅n nacido se amamanta del pecho de su madre. Voraz, te atragantaste con los co谩gulos sanguinolentos. “Shh, mi peque帽o. Despacio, con calma…”

Te detuviste y por un instante la miraste, abstra铆do. A煤n no eras consciente de lo que hab铆a sucedido, de haber nacido esa noche a una nueva vida.