Ca铆as. Pero no es tu cuerpo el que
ca铆a desde lo alto, era tu voluntad la que
se desplomaba. Tu cuerpo s贸lo se inclin贸 hasta apoyarse, mansamente, sobre ella y
tus ojos se extraviaron en un cielo estrellado e infinito abierto bajo tus pies.
Sentiste su aliento tibio sobre tu
piel, la humedad de su lengua y su 谩spero ronroneo. Sentiste la dolorolora incisi贸n inicial y el inmediato palpitar del torrente sangu铆neo agolp谩ndose en la
herida reci茅n punzada. Sentiste como con cada succi贸n te debilitabas y c贸mo, agotado,
te sumergiste en un mar de placentero abatimiento.
Cay贸 una lluvia ligera sobre tu
cara y tu cuerpo inconsciente, durante mucho tiempo. Cuando por fin despertaste,
estaba amaneciendo. Estabas cansado y solo, no hab铆a ni rastro de ella, ni de tu
flamante moto. Todo hab铆a desaparecido a tu alrededor, excepto la sensaci贸n de debilidad
y el sabor salado y met谩lico de tu sangre en la boca.
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